José Cruz Herrera (1890 / 1972)
"El pintor español más condecorado en la historia de España”

EL PINTOR ANTE LA CRITICA

A. PEDROSA"Presenta además Cruz Herrera varios interiores y paisajes de la Moncloa y el Manzanares y "Una puesta de sol", fiel de color y muy artística, y tratados todos con gran nobleza y sencillez, aunque se ve que el pintor es en el retrato donde ha de alcanzar sus mayores triunfos; pues en este campo domina con pasmosa sobriedad, exacto parecido y justeza de entonación. Sólo plácemes merece el joven artista que expone sus obras, muchas ya adquiridas, en el cual corren parejas la modestia y la aplicación, y al que deseamos nuevos triunfos como el presente, pues hay que hacer constar que la exposición de Cruz Herrera ha sido un verdadero éxito, como no podrá menos de reconocer la crítica más severa".
"El Pensamiento Español", febrero 1921

FRANCISCO ALCANTARAEn la pintura de Cruz Herrera, personas y paisajes, comprimidos por los colores, se presentan resueltos a aprovechar nuestra mirada para revelarnos su íntima existencia. Nótase en estos lienzos como un impulso de dentro a fuera, que hace rezumar por todas partes el espíritu latente. Sus personajes suelen ser verdaderos tipos raciales. En Árabe" (estudio), todo el cuerpo-ojos, piel, silueta- son la típica representación de una raza. En casi todos los 125 cuadros de Cruz Herrera, el tema musulmán es el centro de gravedad en el que convergen todos los valores estéticos, pues aspira a definir plásticamente los destinos milenarios de la raza árabe. "Fiesta mora". "Mujeres de Tiznit" y "El cous-cous'", tratan de encerrar concentradas toda la vida musulmana que se aferra a sus costumbres y sus usos con sin par tenacidad. A pesar de que el musulmán acepta hoy rápidamente los inventos mecánicos de la moderna civilización; pero ¡con cuánto amor ama sus costumbres! la sensibilidad de Cruz Herrera se ajusta al fino temple de Marruecos. Su obra constituye una versión pictórica del innato refinamiento estético musulmán. Verdaderamente nunca se admirará bastante la belleza natural de aquel país. La instintiva inclinación artística de los musulmanes se palpa en todo, en la vida de los zocos, en las costumbres de las últimas capas sociales, resulta realmente un don milagroso. No es, pues, extraño encontrar que artistas como Cruz Herrera saquen de todo ello tan rico provecho. La pintura de Cruz Herrera presenta una fusión muy de adoración por la forma y la expresión, sin menoscabo del contenido emocional. Espléndida la exterioridad de su arte, íntima la tristeza, ático de estilo y lírico de sentimiento, sus paisajes son escrupulosa imagen de la realidad y sugestivo motivo poético. La luz, principalmente, esa fría luz casi científica de los pintores clásicos tan racionalista; el sentimiento vital de la luz como fuerza o calor de otros pintores meridionales, se transforma en este pintor en un motivo de profundidad. Al igual que los impresionistas más sensitivos, lo mejor que posee es la clara diafanidad con que traduce el natural, mas siempre como una imagen vista en todas sus cualidades, porque sus cuadros nos transmiten vivamente el gozo de la luz y el color del ambiente marroquí, pero nos revelan también el sentimiento fatalista de una raza.
Revista "Fotos". Enero de 1.94

M . SÁNCHEZ CAMARGO"Si la crítica, o mejor dicho, aplicándonos este caso, el simple apuntamiento exige veracidad, tendríamos que asegurar que la obra de Cruz Herrera, su obra admirada y elogiada, se halla lejos de nuestra sensibilidad; pero como una opinión propia no es casi nunca una opinión exacta, tenemos que añadir que los cuadros de Cruz Herrera están hechos por un pintor que "sabe pintar" y que centra su sabiduría en la presentación de muy bellos modelos femeninos, en pintorescos personajes marroquíes y en demostrar que un pincel puede producir rostros con psicologías, y también aquello susceptible de volver a reproducirse en el lienzo. Telas, carnaciones, cobres, frutas y otras distintas valoraciones, adquieren su mayor brillantez y fidelidad, en estos lienzos de un pintor que tiene bien ganado el sillón académico, que supera obras de maestros conocidos y que está acostumbrado al homenaje y a la admiración. Todo ello en un determinado orden pictórico que le coloca en primer lugar en la escala de los merecimientos. Pero entre la larga serie de obras expuestas, nosotros preferimos unos pequeños paisajes que llevan un buen sello de humildad que tan grato es apreciar y que se unen a la lista grande de lienzos ante los cuales es justo consignar que el visitante "se queda boquiabierto". Cruz Herrera existe mejor en esa intimidad, donde la habilidad se aprecia menos, pero donde queda un latido más entrañable y más natural, más humano, y ese acierto parcial es para nosotros más considerable que los éxitos generales, que tan justamente le llevan a ostentar medalla y diploma".
Diario "Pueblo" 17 diciembre 1955

ALONSO DE PALENCIAEn la pintura de Cruz Herrera, personas y paisajes, comprimidos por los colores, se presentan resueltos a aprovechar nuestra mirada para revelarnos su íntima existencia. Nótase en estos lienzos como un impulso de dentro a fuera, que hace rezumar por todas partes el espíritu latente. Sus personajes suelen ser verdaderos tipos raciales. En Árabe" (estudio), todo el cuerpo-ojos, piel, silueta- son la típica representación de una raza. En casi todos los 125 cuadros de Cruz Herrera, el tema musulmán es el centro de gravedad en el que convergen todos los valores estéticos, pues aspira a definir plásticamente los destinos milenarios de la raza árabe. "Fiesta mora". "Mujeres de Tiznit" y "El cous-cous'", tratan de encerrar concentradas toda la vida musulmana que se aferra a sus costumbres y sus usos con sin par tenacidad. A pesar de que el musulmán acepta hoy rápidamente los inventos mecánicos de la moderna civilización; pero ¡con cuánto amor ama sus costumbres! la sensibilidad de Cruz Herrera se ajusta al fino temple de Marruecos. Su obra constituye una versión pictórica del innato refinamiento estético musulmán. Verdaderamente nunca se admirará bastante la belleza natural de aquel país. La instintiva inclinación artística de los musulmanes se palpa en todo, en la vida de los zocos, en las costumbres de las últimas capas sociales, resulta realmente un don milagroso. No es, pues, extraño encontrar que artistas como Cruz Herrera saquen de todo ello tan rico provecho. La pintura de Cruz Herrera presenta una fusión muy de adoración por la forma y la expresión, sin menoscabo del contenido emocional. Espléndida la exterioridad de su arte, íntima la tristeza, ático de estilo y lírico de sentimiento, sus paisajes son escrupulosa imagen de la realidad y sugestivo motivo poético. La luz, principalmente, esa fría luz casi científica de los pintores clásicos tan racionalista; el sentimiento vital de la luz como fuerza o calor de otros pintores meridionales, se transforma en este pintor en un motivo de profundidad. Al igual que los impresionistas más sensitivos, lo mejor que posee es la clara diafanidad con que traduce el natural, mas siempre como una imagen vista en todas sus cualidades, porque sus cuadros nos transmiten vivamente el gozo de la luz y el color del ambiente marroquí, pero nos revelan también el sentimiento fatalista de una raza.
Revista "Fotos". Enero de 1.94

FRANCISCO POMPEY"Cruz Herrera es, entre los notables jóvenes pintores españoles, uno de los que con mayor entusiasmo sigue, paso a paso, el estudio franco, resuelto y dominador de una técnica naturalista y sin falsía, que Galdós llamaría de "buena casta". Arte interpretado con serenidad, fuerza de expresión y amor a lo que sencillamente le ofrece la vida. "Sin tortura interior", una de las mejores obras de Cruz Herrera, por su calidad seria de pintura y por ser de las mejores en concepto estético; de menor pintura y más sentimiento del natural. "La madre", esta obra es, indudablemente, la que su autor ha conseguido con menos mecanismo, oficio, más intensidad espiritual; está conseguida con una encantadora sencillez, no solamente en el procedimiento, sino también en la parte sentimental, carácter psicológico del modelo, expresado con una bien pintada coloración y un correcto dibujo, y así algunas más, como por ejemplo, el que ostenta el título "En el camerino", de buena pintura y de belleza en sus coloraciones".
''El Mundo", febrero 1921

MANUEL GALLEGO MORELLCruz Herrera ha muerto tras dejar una amplia y excelente obra pictórica. Fue siempre un pintor luminista. Tan buen paisajista como retratista. Ahí quedan como prueba sus paisajes marroquíes, llenos de luz, de contrastes, de movimiento y de misterio. Y ahí quedan también sus excelentes retratos femeninos en los que Cruz Herrera calaba en la personalidad y belleza de sus modelos. Y sus moritas y sus muchachitas con mantoncillo. Todo un mundo entrañable en el que se adentró como nadie. Como Franz Huls o como el granadino Morcillo, Cruz Herrera fue el pintor de la risa y la alegría, Tal como fue su alma, alegre y risueña. Como Sorolla, Cruz Herrera pinta las claridades mediterráneas, pero busca el contraste y en sus penumbras siempre se vislumbra un rayo de sol que se presiente brillante y luminoso, como el de nuestro meridiano, Cruz Herrera poseyó, como pocos, una excelente y luminosa paleta y un enorme desparpajo de factura. La obra de este pintor andaluz fue siempre madura, con pasos contados en su evolución y pasos cortos en su academicismo. Conservó un acentuado realismo, que si le recortó algo las alas de la fantasía le llevó a jugar en el lienzo con virtuosismo y gracia singular, consiguiendo vibrantes sensaciones atmosféricas. Cruz Herrera, con su paleta desborda el momento de su vida fecundándolo. Su obra quizá no haya sido suficientemente reconocida, pero ahora es el momento de revisarla y conocer la huella que este pintor, largo y profundo, deja en la pintura española de lo que va de siglo. Valor pictórico de España que volvió por los fueros de nuestro arte musulmán, buscándolo en sus mismas entrañas.
"ABC de Madrid, 26 de octubre de 1972

ÁNGEL VEGUE"Además de elegir modelos atractivos, hay que ver cómo los pinta, con qué complacencia hace las cabezas, envolviendo el color, acariciándolo amorosamente para lograr el mismo efecto que el natural produce. Por sus asuntos y por el modo de desarrollarlos hemos de pensar que el Sr. Cruz Herrera, buen pintor, y en muchos momentos sobresaliente pintor, es un espíritu sano y sin doblez, y que, como José Pinazo Martínez y como Eugenio Hermoso, busca la flor bella y sin espinas -la mujer o el niño- a los fines nobles de su arte. Rico en las coloraciones y suave en el lenguaje de las formas, evita cuanto contribuya a restar carácter o a enturbiar la limpia visión de sus ojos frente a cualquier espectáculo de los que a su consideración se ofrecen. Sencillo y humano, es su misión obra de amor. Y Madrid y Andalucía le brindan hermosuras de carne, sazonadas hermosuras que diríanse libres de pecado y de maldad, porque los pinceles fueron guiados, al trasladarlas, por un deseo casto de retener lo más expresivo de su amable esencia".
"El Imparcial", febrero 1921

"HANS" (Seudónimo)"Pintar ojos femeninos con todos sus encantos sutilísimos, con todas las expresiones de la mirada, con la perfección que lo hace Cruz Herrera, es empresa reservada a contadísimos artistas. La muchacha de 'Invierno y Primavera", lienzo admirable, de una amplitud de pintura excepcional; los ojos almendrados, de fijeza desconcertante, de la figura 'Oriental"; la expresión franca y adorable de "Mariquilla la del Chete"; "La Dora", a la que sobra su atavío para que la comprendamos española y andaluza, son ejemplos de esta fuerza enorme de expresión, que volvemos a encontrar en esos zagalillos, de mayor complejidad moral que los de Hermoso, como demuestran la expresión apicarada e inocente de "Gildo", el aristocratismo de "Currillo el de las flores" y la cara cínica y apicarada del "Hijo del Zurdo". Como colorista es siempre vivo, jugoso, fuerte de luz; como vigoroso, aunque alguna vez el vigor llegue a la dureza, y en cuanto a procedimiento, sabe acomodarlo al asunto con una facilidad y con un dominio que es la mejor demostración de su talento".
"El Debate", febrero 1921

MANUEL MONDEJAREl tema femenino predomina en esta exposición, Cruz Herrera ha puesto el acento en esta colección de mujeres moruno-andaluzas donde estalla el color moreno, ojos brillantes, policromía de los trajes y, sobre todo, la maestría en la realización de estas mujeres "metidas en carne'", para Cruz Herrera una mujer delgada debe estar enferma. Cuando pinta alguna escuálida, pinta primero los huesos y todo lo demás es sudario verdoso. Saludable visión muy andaluza y marroquí, Está llamando la atención una obra " Sevilla-Marraquech", donde una sevillana morena clara con la Giralda al fondo, aparece junto a una sonriente morena, medio gitana, con la Kutubia. Las dos torres hermanas, las dos mujeres, subrayan elocuentemente toda la historia artística de Cruz Herrera consagrada en este paralelismo de Andalucía y Marruecos.
"Diario España" de Tánger, 15 de enero de 1964

ANTONIO COBOSEl gran pintor español José Cruz Herrera, eterno viajero, ávido de emociones estéticas exóticas y buscador infatigable de temas palpitantes de vida, presenta anualmente en Madrid el sabroso fruto de sus inquietudes, y así lo hace ahora, con el éxito del público de siempre, en la prestigiosa sala de arte Dardo. La pintura africana del gran artista linense está incontaminada, y su españolismo nace precisamente del profundo patriotismo del artista, enamorado del Magreb porque sabe que debajo de su suelo arisco corre un clarísimo venero hecho civilización y sangre españolas. Cruz Herrera, en sus últimas exposiciones, no se limita a la temática marroquí. Ciertamente que son deliciosos sus moritos de Fez y sus familias, Zolvias, Fátimas y judeyas, pero ello no impide que su exposición actual sea un jubiloso canto a la bellísima mujer española. Hay en ella un lienzo de auténtico maestro, precisamente por su dificilísima sencillez: una cabeza y cuello femeninos, de espaldas, bastan al artista, jugando con los bellísimos cabellos, para lograr una obra de plenitud que sólo puede conseguir un artista privilegiado tras de muchos años de pintar hablando poco, Buena lección para muchos endiosados "genios" de hoy, menos propicio al trabajo que a la tertulia intelectualoide. En el conjunto, apretado y sin fisuras, difícilmente pueden hacerse resaltar las expresivas cabezas de los lienzos "Bailaora" y "La borracha", un soberbio y contrastado desnudo titulado "Reposo" y un paisaje recio y acre denominado "Castillos de España". Cruz Herrera muestra sus ilimitadas posibilidades al apartarse de su estilo habitual, jocundo y desgarrado, en dos lienzos: uno de ellos, por la simplicidad dibujística y sencillez cromática, titulado "Flores a la Virgen", y otro, la deliciosa morita blanca, cuyos contornos están fundidos y empastados con una dulzura de primitivo sienés".
Diario "YA", 29 marzo 1957

J. ARRAMELECon el mismo itinerario que las golondrinas, aunque en época distinta del año, vuelve a hacer el pintor Cruz Herrera el viaje de África, trayéndonos la ardiente luz y los gayos colores marroquíes de sus cuadros. Esta vez, junto con sus ya clásicos de tipos del Magreb, bellos rincones del Viejo Imperio de la Seda; una faceta desconocida de este pintor, aquí, donde tan excelente impresión causaron sus óleos el pasado invierno. Son tantos más sorprendentes las dotes paisajísticas de Cruz Herrera, cuanto que su habitual género de figura puede parecer a más de uno como una limitación del artista hacia las fáciles -por lo sabidas- luces del estudio. Y no hay tal. Cruz Herrera es un pintor completo. Lo proclaman todos sus cuadros, y en especial sus paisajes sobre todo, para aquellos que sin profundizar en su análisis, obran de ligero al fundamentar sus juicios en meras apariencias. Sería imposible de lograr, de otro modo, la entonada y jugosa luminosidad, tachonada de rutilantes colores, de sus paisajes, construidos a base de gruesos empastes de espátula, que los hace frescos y brillantes como esmaltes. No es sólo en las notas y apuntes donde Cruz Herrera se nos muestra como pintor que busca dificultades en lugar de eludirlas, y domina los complicados problemas de plena luz inherentes al paisaje que pudiéramos llamar puro. Exhibe el artista en esta exposición, entre otras, una obra, "En las Ondayas" (Rabat), de máxima dificultad -figuras al aire libre bajo las frescas, frondas del boscaje, por entre las que se filtran dorados rayos de sol marroquí, resucita con tal galanura y garbo, que llega al ápice del dominio, tan anhelado del artista, por el que consigue hacer olvidar al público el supremo esfuerzo creador: la difícil facilidad de toda obra maestra. Concerniente a los cuadros de figuras, Cruz Herrera, de vuelta ya de cuanto pudiera constituir para él motivo de indecisión técnica, se complace en el maravilloso juego -juego de colores, juego de ritmos, juego de mágico virtuosismo- de urdir y ofrecernos los encantadores poemas que son sus cuadros. Poemas de hondura psicológica, donde sus montas tienen intensa vida interior, que unos ojos soñadores o unos labios sonrientes transparentan; poemas en los que una rutilante sinfonía de colores nos canta su bello romance; poemas en que un sabio y elegante "savoir faire" nos dice de su dominio técnico superado, por el que nos percatamos que, más que crear, el artista se ha recreado en su obra, como un artífice al labrar una joya. Hay en la obra de Cruz Herrera una nota dominante que la hace ser altamente solicitada del público: y es ese halo de poesía que la envuelve, acentuando las intrínsecas cualidades de su plasticidad. No es el recio, elegante y estilizado dibujo de sus figuras, ni la armoniosa orquestación de color de sus cuadros, ni la vida psicológica de sus mujeres sólo; hay algo más: la poesía que el autor vuelca en su obra, sin limitarse a la seca transcripción del natural; lo que el artista pone de sí mismo, aparte de su ciencia, su alma. De aquí que estos bellísimos poemas en color -expuestos en nuestras Salas Municipales de Arte, del lado de la Alameda-, que se nos entran por los ojos, nos llegan muy dentro, también, al alma.

MARIANO DARANAS"El primer español y aún el único en quien me reconozco, es José Cruz Herrera. Ha enviado un desnudo de mujer, leve y gracioso, y un lienzo de composición que responde al título de "Mercado árabe". El prestigioso artista de La Línea, reproduce y presiona en este palpitante canto a la vida marroquí, su vigorosa concepción de la plástica. El más profano advertiría la sinceridad de un temperamento que se nutre, a la par, de tradición y fantasía. No hay otra doctrina estética, sobre todo en pintura, que la del realismo poético. En "Mercado árabe" la profundidad es compatible con la delicadeza y el dibujo con la expresión. Este grupo indígena, adscrito a la ofrenda de la tierra, se resuelve en un conjunto armonioso y vital. Cada personaje posee fisonomía propia sin dejar de ser afín de los demás. Al fondo, la costa inhóspita de Berbería acuna entre el mar y tierra la sinfonía de verdes, áureos, rojos, azules, con que Cruz Herrera trata el plumaje de las aves, la entraña y la corteza de los frutos, la ropa típica de una adolescencia sugestivamente árabe. Nuestro eminente compatriota ha buscado ciertas dificultades de colorido con el designio voluptuoso de cercarlas y rendirlas".
"ABC", 21 junio 1936 (Salón de Bellas Artes en París)

BERNARDINO DE PANTORRA"No es Cruz Herrera, por razón de su temperamento y de la severa educación artística que ha recibido, de estos que gustan de hacer concesiones al público, dando a su pintura suavidades acarameladas. Tampoco es de los que, temiendo el calificativo de anticuado, merodean por el huerto de esas maneras que, llamándose "nuevas'', no son sino pobres recuerdos del arte antidiluviano. Novísimas, como se ve. Cruz Herrera sabe que se puede crear obra bella y original por el camino que toma la mayoría de los artistas. Este camino tiene un nombre: realismo. En la pintura española es el que cuenta con las producciones más numerosas y felices. Con las más originales, también. En la presencia de las de Cruz Herrera adquirimos la convicción de hallarnos frente a una personalidad formada, definida, no exenta de errores, como todo lo humano, pero si libre de vacilaciones y tanteos; una personalidad que, al colocarse delante de la Naturaleza, no lleva el preconcebido fin de modificarla, posponiéndola a los vuelos de su fantasía, sino que busca los múltiples aspectos hermosos de aquella, y, una vez hallados, se limita a pintarlos como son. "Lo demás - pensará Cruz Herrera- no pasa de ser... teoría". Y yo creo haber dicho alguna vez -perdón, por la autocita- que al pintor más le vale una paleta en la mano que una teoría en el cerebro. Ningún cuadro de Cruz Herrera pertenece a la tendencia tenebrista, hoy bastante cultivada entre los que olvidan que la primera condición, si no la única, de toda obra de arte es servir a la belleza. El pincel de Cruz Herrera no quiere dormirse en la factura aprendida; aspira a ensancharla, a enriquecerla; aquí aparece espontánea, fluyente, ligera de color; allí, insistida, empastada con el color en gruesas capas. Y nunca descendiendo al alarde hueco del oficio".
(Del libro "Artistas andaluces", Madrid 1929)

JOSÉ FRANCÉS"Como también y por antagónico concepto y opuesto estilo de gran artista, nos ha causado la exposición de José Cruz Herrera, gran pintor a la española y a lo tradicional que no se mustia ni decae. Cruz Herrera inflama de pasión femenina de madrigales carnales el Salón Cano. La exhuberancia cromática, el seductor ímpetu de este viril homenaje de un andaluz sensual, reencontrado asimismo en la eternidad fulgurante de Marruecos, que destaca con fulgor propio a Cruz-Herrera en la pléyade intacta de los maestros de la pintura española -los Anglada, los Sotomayor, los López Mezquita, los Hermoso, los Ortiz Echagüe, los Soria Aedo, los Segura- surgida en las primeras décadas de este siglo, ofrece un conjunto que tiene, fragancia frutal de una raza encalidecida por el sol y el júbilo de vivir. Incluso para más grata complacencia, la madurez humana y estética del artista añade nueva síntesis en el estilo y en las armonías cromáticas. Dentro de esa preferencia sostenida sin desmayo por Cruz Herrera hacia la juventud radiante y la pompa otoñal de las mujeres marroquíes y españolas del Sur, se nos muestra ahora en suaves, en tenues delicadezas de fondo, en certeras, y sin retoques, pinceladas, para sosegado contraste de los calientes empastes y de las sabrosas embriagueces de calidades en la riqueza de telas, objetos, y flores femíneas carnaciones. ¡Cuan lejos nos hallamos de las histéricas macilencias mallarméico o las tuberculosidades modigliánicas y los monstruos picassianos! Vienen, en cambio, del jocundo concepto vital de la Flandes que eternizaron Franz Hals y Rubens... No falta -y ello importa no desconsejarlo para lo futuro- los garzones moros, el hirviente chocolate de los torsos y rostros tunecinos y tangerinos, con atuendo de príncipes y sin la ambigüedad de los adolescentes a lo Morcillo. Pero surgen ya los piropos a madrileñas de popular atuendo y apretado garbo. Y por último, ha de saludarse en la nueva sobriedad de Cruz Herrera sus retratos de hombres, como los de Tito Cristóbal y Luis Lorenzo, de leal tributo al realismo masculino y a la tradición hispánica". "La Vanguardia", 29 enero 1954 No es Cruz Herrera un advenedizo ni un traseúnte de los temas marroquíes. Cerca de treinta años de su vida -los más fecundos y de experta madurez- han transcurrido entre los Marruecos francés y español. Ama y convive entrañablemente con la polícroma exuberancia, el lumínico esplendor de la indumentaria, las costumbres y la sensualidad moras. Ha estudiado a fondo la raza y la refleja con maliciosa complacencia. Alía lo grato de los temas, la belleza -esencialmente femenina o de masculina adolescencia- con fuerte vigor constructivo. Consigue las más delicadas armonías tonales, las más brillantes y exactas calidades de los frutos, de las telas, de las cerámicas y orfebrerías. Y del conjunto surge una fiesta colorista de sinfónica musicalidad. Sus muchachas lindas y melancólicas, sus efebos elásticos esbeltos expanden un perfume vernal de naturaleza cálida, donde se siente, sin embargo, el adormecimiento de aromas orientales persistentes como recuerdos fragantes de una juvenilia eterna. ¡Gran sonrisa apasionada esta pintura de Cruz Herrera, donde lo real se sueña!
(Revista "África", septiembre 1950)

MARIANO TOMAS"José Cruz Herrera está en la cumbre de su arte y en la madurez de su estilo. Como es un maestro del color, como consigue aprisionar la luz en los gestos y en los tornasoles de las telas, como sabe componer armoniosamente las figuras, es posible que no sean sus obras del agrado de aquellos que alaban lo vacuo, lo inánime e incoloro, el balbuceo y la pirueta, lo carente de maestría, de gracia y de expresión. Es decir, lo que puede definirse como contrario a lo bello, pues la belleza ha de reunir precisamente esas tres cualidades: maestría de oficio, gracia o inspiración y expresión o tono emocional. Pero acaso estemos equivocados al decir que no serán esos lienzos del agrado de los innovadores; lo serán en secreto, en su íntima apreciación, pero ya parecen como comprometidos a elogiar la producción de quienes no saben y no sienten. No creemos que todos los pintores han de seguir forzosamente los mismos caminos de luz, pero sí que han de estar iluminados sus senderos para que ellos puedan llamarse artistas. Aquí, en estos mismos salones, expusieron no hace muchos días Agustín Segura y Duracamps. Citamos a estos dos maestros porque han desfilado sus obras por este mismo lugar en la temporada presente, mas pudiéramos nombrar a otros varios cuya producción es un claro espejo donde se mira la belleza de la actual pintura española. Ninguno de ellos ejerce influencia sobre sus compañeros; cada uno pinta como su sentido de la belleza se lo dicta, y todos dejarán un nombre y una estela luminosa en el cielo de la pintura contemporánea, y es la española la mas poblada de estrellas entre todas las que cubren los horizontes de hoy. No han de ajustarse a un determinado tecnicismo, a unos preceptos invariables. Lo que pintan es bello, y eso nos basta para admitir su obra. En José Cruz Herrera es la luz y la sonrisa lo que define su estilo. Sus cuadros parecen emanar fulgores, sus modelos tienen el gesto deliciosamente alegre. Se diría que la pintura de José Cruz Herrera es luciérnaga con resplandores propios y que iluminaría la estancia cerrada en la que la hubiésemos dejado; a más, no llega de claridad el rostro, aunque llegásemos ante ella abrumados por preocupaciones íntimas. Si este pintor no dominase su oficio, esa certidumbre de aventar con sus figuras las sombras que traigamos dentro de nosotros habría de ser por sí sola una virtud que lo colocase en el alto puesto a que ha llegado. Pero esto no es posible. No se logran esos efectos de luz sobre rostros y paños sin saber pintar como él lo hace, y tiene la bondad, la inmensa bondad de dedicar su maestría a hacernos gratos los instantes. Es rico en sabiduría y derrama ese caudal sobre los que se acercan a él con los ojos abiertos. Bastante desgracia tendrá el que se aproxime a un lienzo suyo y no se le enciendan las pupilas, porque forzosamente ha de estar ciego. Hemos dicho antes que no nos importa el estilo de una obra para que nos deleite, si tal estilo existe y no es un deshilvanado correr de pinceles sobre el lienzo. Ahora, examinando uno a uno los cuadros expuestos, añadimos que si la preferencia suya es por el reverberar de luces, por el gesto radiante, por el contraste de gamas diferentes, también nos demuestra que sabe saltar de un tema a otro y de una forma a la forma impar con ella. Veamos ese lienzo que podemos titular "Eva" y que no aparece reseñado en el catálogo: es una Eva con mantilla negra ofreciéndonos la jugosa promesa de sus labios en flor, mientras la diestra se adelanta hacia el espectador trayendo una manzana verde todavía. Veamos la facilidad del pincel que acarició tal delicadamente la tela y vayamos luego a contemplar el tema mogrebino de las "Tres Fátimas", más detenidamente dibujado, o vengamos a admirar ese retrato de expresión que ya no es risueña, sino sencillamente amable, de un dibujo acabadísimo, de tonos mates, de claroscuros definidos perfectamente: el de la señorita Isabel Barroso; o recreémonos con la leve, sutil, vaporosa pintura que representa a una mujer joven tendida en un sofá, cuadro en el que, siendo el dibujo también virtud esencial, es el color, el contraste de matices lo que más nos encanta en la obra. Cada uno de estos lienzos no parece salido de distintos pinceles, porque en todos ellos sobra la firma para conocer que son de José Cruz Herrera; pero si repite formas y tema, porque al cabo son estos lienzos hermanos los unos de los otros, nunca es de modo reiterativo y único. Jugoso siempre, iluminado el color, a veces detiene el vuelo de su inspiración y único. Jugoso siempre, iluminado el color, a veces detiene el vuelo de su inspiración fulgurante para presentársenos como un preciosista del siglo XV, como un preceptista riguroso, y salta desde los días, presentes, en que todo es dinamismo y temblor, a la serenidad de los siglos más plácidos, cuando los maestros holandeses e italianos, aún más que los españoles, olvidaban que el tiempo transcurre también para el artista. De esta exposición de José Cruz Herrera se sale radiante de optimismo, se cree uno en un mundo más alegre y diáfano que el de nuestros días y se ve la vida no solamente de color de rosa, sino de azul y de oro, y de verde, y negra también, pero esa negrura, luminosa igualmente, surge de las pupilas de una moza gitana o de unos semivelados ojos africanos. Aquí, en esta pintura de José Cruz Herrera como en la de tantos otros insignes artistas de hoy, se encuentra lo bello, lo perdurable, lo que no es moda de un día impuesta por un bromista inepto o por una estética que se nos quiere presentar como infalible. Y si nos equivocamos con el recelo que expusimos al principio y coincidimos todos en la misma admiración hacia el pintor andaluz, será una equivocación de la que nos sintamos gozosos. Después de todo, antes o luego, "aquello" pasará y quedará "esto".
Diario "Madrid", febrero 1951 La maestría de Cruz Herrera, su elegancia en el dibujo, su honradez pictórica, su buen gusto en la combinación de colores ofrece en estos lienzos un sentido ascensiónal respecto a su obra anterior, y es una manifestación tan acabada de valor plástico, un conjunto tan agradable a los ojos, que nos haría pensar -si alguien opusiera el reparo de ser cosas más imaginadas que reales- que tanto peor para África si ya no es así como la pinta Cruz Herrera, y dolernos de que hubiera perdido ese acento maravilloso, eco de la voz de Scherezada.
"Diario Madrid", 8 de febrero de 1950

BLANCO CORIS"El cuadrito que titula "Diversos trayectos", es un estudio brioso y brillante de contra luz, y "En el camerino" y "El chiquillo del pájaro", dos notas graciosas y efectistas brillantísimas de este artista laborioso y de grandes facultades que apunta, admirablemente en el paisaje, como puede verse en los cuadritos de la "Moncloa" y el "Manzanares". La exposición de Cruz Herrera, en conjunto resulta una buena y honrada demostración de que ha trabajado para hacerla; no se ha limitado a hacer una manifestación de ensayos y estudios íntimos, como otros, sino que la ha proyectado y realizado con todas las de ley".
Heraldo de Madrid", febrero 1921

JOSÉ CAMÓN AZNARLos cuadros de Cruz Herrera responden a ese concepto tan dinámico de su pintura, con los toques recogiendo rasgos y luces en un zigzagueo quizá más apretado y firme en estas figuras que se han elegido como representativas del mundo marroquí, tan complejo de rasgos.
"ABC". Madrid, 3 de febrero de 1950
LA PINTURA DE CRUZ HERRERA Pocas veces la pintura es reflejo de una personalidad como en el caso de Cruz Herrera. Sus cuadros de temas andaluces o africanos, nos muestran un arte sin pedanterías, directo, amable, envaguecidas las formas en una halo que puede ser ambiental o moral. No hay en sus obras simplificaciones excesivas, ni abstrusas intenciones. Sus colores aun refuerzan más este agrado con que ingenua y amablemente se presentan sus figuras. Colores de blanda carnación, de ricas tonalidades, que permiten a la paleta de este maestro una gran sensibilidad. Y es esta nota optimista, sin estridencias dramáticas, sin teatralidad, siempre natural, el encanto de su arte. Cuando visitamos sus Exposiciones sabemos que nos vamos a encontrar con un mundo no diferente del de todos los días, pero sí transido de la nobleza y de la directa efusión cordial del espíritu de Cruz Herrera.

MILLAN BORQUECruz Herrera, cuyas pinturas rebosan ésa alegría del color en sus más finas y justas calidades, es el artista español que se adentró hace muchos años en el misterio de África. Con el bagaje de sus telas y sus pinceles se detuvo ante el "chau chau" de los moritos en el zoco; captó el paisaje, unas veces árido y otras florecido de color, y ha hecho jornadas en Xauen, en los rincones de Tánger o simplemente a la sombra de un árbol, que es como un paraguas en el desierto.
"Informaciones". Madrid, 2 de febrero de 1950

CECILIO BARBERAN"Cruz Herrera, el laureado pintor, inauguró ayer en la Sala Cano una Exposición con sus nuevas obras. Y otra vez la atención artística madrileña se ha visto solicitada por la riqueza polícroma de unos lienzos, en donde unas veces son los ojos negros y profundos de las mocitas moras y andaluzas; otras, de los zagales del campo los que nos sorprenden con su intenso mirar; o bien esas escenas de fiestas populares captadas con la más ágil y brillante pincelada, Cruz Herrera se ha considerado el pintor por antonomasia de Marruecos- Y cierto que fue África, en su estudio de Casablanca, en donde con la limpidez de aquel sol bruñó durante muchos años los colores de su paleta para que éstos tuvieran el vigor y la riqueza que los caracterizan. Pero hoy diríamos que aquel localismo se ha ampliado al recoger en su obra la diversidad de asuntos antes enumerados. Estos son todos los que concurren en el pueblo español; figuras de sus gentes y rostros de sus almas; alegrías y nostalgias, risas y llantos a la vez. Y, sobre todo, en los cuadros de Cruz Herrera campea el hábito de lo religioso y profundamente popular, siempre hondo y perfumado como una raíz y una rosa del alma de España. Por esto que la pintura que hoy expone José Cruz Herrera sólo admita una comparación: a la de una "suite" igual a la "Scherazada", de Rimsky-Korsakov. En estos lienzos están plasmadas las esencias y el color de varios pueblos. Y esta vez, en vez de ser la mágica fantasía del músico el que las recoge, es el mágico pincel de Cruz Herrera el que las lleva al lienzo'.
Diario "Información", febrero 1951

JOSÉ ESTEVEZ-ORTEGAToda la gracia y alegría que tiene y siente Cruz Herrera al pintar la transmitió a sus lienzos, saturados de espiritualidad africana. Muy ducho y conocedor de los temas marroquíes, presenta dos figuras primorosas de factura, jugosa de color, expresivas y veraces, en pintura serena en la que late un jugo vivificador logrado con su recia personalidad fuertemente original.
("El telegrama del Rif". Melilla. 29 de marzo de 1951)

PEDREAU"En el Salón del Círculo de Bellas Artes presenta Cruz Herrera cuarenta lienzos, que piensa en breve llevar a la Argentina, donde hará una exposición. Hemos seguido siempre con el mayor interés la labor de este joven pintor, y tanto en los certámenes nacionales como en exhibiciones particulares, el público tuvo para Cruz Herrera cariñosos elogios, y es que el artista pinta para todo el mundo, no hacen como algunos que, llenos de fatuidad, desdeñan la opinión de la gente y tienen que guardarse las obras en el estudio, con la esperanza acaso de que sus bisnietos puedan sacar por ellas unos miles de pesetas. Algunos de los cuadros expuestos son obras verdaderamente dignas de un maestro, y no desmerecen junto a nuestras mejores firmas contemporáneas. Sus retratos están bien pintados, y además reúnen las condiciones exigidas en el género: parecido moral y físico. Seguramente en Buenos Aires tendrá Cruz Herrera el mismo éxito que en Madrid, pues su obra no necesita "bombos" para imponerse a la gente entendida, como es el público bonaerense, acostumbrado a juzgar las obras de los pintores españoles que con frecuencia llegan al país, obteniendo ruidosos éxitos".
"La Acción", febrero 1921

DONATO MILLAN"Y es que Cruz Herrera su misma pintura lo canta, es hombre abierto a la afabilidad, como todos los de este ángulo español clavado entre dos mares. Su visión africana es pictóricamente maravillosa, porque ha conseguido la difícil conjugación -en cuadros separados, y aun en el mismo cuadro, a veces - de la orgía de claridades climáticas con la serena y pausada paz melancólica de un ambiente suave y misterioso. Es el pintor de todo Marruecos, en el sentido material de la tierra, el sol y la luna, y en el espiritual y psicológico de los ojos inmensos de la tapada, la sonrisa graciosa del morito y la calma histórica del viejo de la barba de nieve. Cruz Herrera no es, sin embargo, el pintor fácilmente clasificable, porque esa, su especialidad, no le ha restado alientos para temas distintos y dispersos, En él, como pintor de asuntos africanos, están todas las fórmulas conocidas mejoradas por su inspiración y su maestría; pero también se encuentran los modos necesarios para cuajar todo intento en una madura realidad".
"Diario de Cádiz", 10 de febrero de 1950

JOSÉ PRADOS LÓPEZ"Cuando Cruz Herrera ganaba su Primera Medalla de Oro en la Exposición Nacional de 1926, se dio cuenta de que ponía la primera piedra de su propio y máximo prestigio. Su destino estaba escrito en aquella recompensa con la seguridad de lo absoluto y, desde entonces a acá, José Cruz Herrera no ha hecho. sino ir ajustando, piedra a piedra, el sólido monumento de su gloria. Veinticinco años de lucha, de entusiasmo gigante, de esfuerzo sin desmayos ni fatigas, recorriendo España, recorriendo América, cosechando el éxito con la misma sinceridad y espontaneidad de su propia sonrisa, Cruz Herrera ha sido uno de esos embajadores que España tiene a su servicio, gratuitamente, para vocear y exaltar su grandeza. José Cruz Herrera ha ido evolucionando en esta escala ascendente de su pintura, rectificándose en el color, en la línea y el concepto, conjugando en su paleta la cantidad de alma y corazón que son precisos para colaborar con la materia, y de este modo, de las entrañas de este gran temperamento, de lo más hondo de su espíritu enfervorizado, y siempre en trance de elevación, ha surgido este pintor que es Cruz Herrera, en estos momentos de su cumbre luminosa, dominando desde la altura la mediocridad y la impotencia que le rodea. Cruz Herrera plantó su tienda en Casablanca, acaso como una necesidad y como un símbolo de su propia vida de pintor. Quizá necesitaba el temario magnífico de los ojos árabes, de la luz cegadora que hace entornar los ojos para soñar o pensar, o el misterio atrayente de lo desconocido. De todas suertes, Cruz Herrera ha sabido recoger en Casablanca toda la belleza silenciosa y enigmática de la mujer mora, desentrañando de su quietismo toda la espiritualidad contenida que vibra en el fondo de esos pechos femeninos. Y es que en la pintura de este gran pintor español hay una cantidad tal de matices espirituales que casi se confunden con la excelsitud. En los cuadros de Cruz Herrera, descontada su técnica llena de gracia, de alegría, de gritos de júbilo, de entusiasmo de vida, haya demás una de las cosas, más importante que la obra de arte, cuando es verdadera, debe tener, y esto es su entonación. Hay muy pocos artistas que entonen sus obras como Cruz Herrera, que parece cuando pinta un director de orquesta, logrando con sus pinceles la armonía, la divina armonía, que nadie conoce, sino unos pocos elegidos. Porque la entonación es la verdad, la expresión de lo que fuera pasando por el corazón, para decir algo importante. En los cuadros de Cruz Herrera se advierte con sorpresa que hay el mismo gran concierto universal del firmamento, pleno de entonación solemne y majestuosa. Este mismo concierto es el que existe en los cuadros de este ilustre línense que está produciendo belleza, con la misma fluidez que derrama sobre los hombres a diario la luz del sol. Pasa con estos cuadros de Cruz Herrera, lo que ocurre en una gota de agua transparente que copia el campo que está enfrente de su pureza, con su noria y su borriquillo ciego dando vueltas y las nubes que vuelan por lo alto. Todo un infinito encerrado en una gota de agua, a disposición del poeta que quiera emocionarse. En estos cuadros de Cruz Herrera está también todo el infinito de una verdad entonada que está cantando de gozo supremo por la alegría de crear. Cruz Herrera va victorioso por la vida, seguro de su destino de pintor, que alcanza la posteridad, cantando y soñando, y con su clásico señorío de hombre que nació, con un privilegio santo, en La Línea de la Concepción".
"La Voz del Sur", 8 abril de 1951 La pintura de Cruz Herrera es España, es la alegría de España, su nobleza, su honradez, su luminosidad, su verdad, su hombría. No pueden ser embajadores de España en el extranjero los pintores cerebrales del absurdo, de la oscuridad, del disparate, del oportunismo de la esclavitud a la mentira y a la impotencia, harto sospechosas, del arte de vanguardia de más allá de las fronteras. España es el país de la pintura divina que arranca del siglo XVII y llega hasta Cruz Herrera, por eslabones maestros que nadie puede desatar, a pesar de los esfuerzos de pintores sin personalidad y sin alegría, sin gracia y sin talento. Somos libres, estamos atados a una tradición gloriosa, somos cancerberos del mejor arte del mundo, de una gloria artística que nadie puede discutir y, por ello, estamos obligados a levantar el velo que oculta tanta pobredumbre, tanta miseria, tanta mentira, como está al otro lado de ese otro telón de acero de la cosa artística, que se empeña en ocultar su ignorancia y su mal gusto, por medio de, esos falsos apóstoles del arte, que especulan y se encumbran a costa del dolor y de las tragedias anteriores de los artistas. Cruz Herrera es el pintor que tiene siempre el corazón en sus pinceles cuando crea; el pintor que piensa en España cuando pinta: el artista que canta con colores nuestra grandeza. España debe más a Cruz Herrera con sus cuadros magníficos, paseados por todos los rincones de la tierra, que a todos los discursos patrióticos que se pronuncien. Cruz Herrera, el auténtico maestro Cruz Herrera, mientras forja su fama está forjando con oro de ley las seis letras grandiosas de nuestro nombre, para que las respeten con amor y las acepten sin reservas.
("Radio España" de Madrid, 10 de juliode 1950) Los cuadros de Cruz Herrera que, por sí solos ya Justifican esta Primera Exposición de Pintores de África, con su fuerza tremenda de arte, con perfil exacto de la raza, con su realismo anecdótico embellecido por una visión de poeta, como la que Cruz Herrera imprime siempre a toda su obra. Cruz Herrera ha logrado con estas obras decir, con alegría inigualable, el secreto y el misterio de aquellos hermanos nuestros, tan pariguales en sentimientos y costumbres, expresión espiritual de una selección de seres, capaces de toda ensoñación y de toda exquisitez de espíritu. Cruz Herrera logra con esta obra arrancar el aplauso general de tirios y troyanos, porque en el fondo de ella vibra el alma de un maestro, de una sensibilidad en carne viva para decir la altura de una alegría y de un dominio y de una belleza que es pesadilla de mediocres y rezagados en el campo de nuestra pintura.
"Arte Español". Torno II. Madrid. 1951 De nuevo está en Madrid este gran maestro de la pintura española, con ese conjunto maravilloso de sus cuadros, que representan siempre el interés y la importancia de toda temporada artística. Coincide Cruz Herrera con su exposición y con las exhibiciones desgraciadas de otros pintores vanguardistas que enseñan al público el gusto de una inconsciencia, de una limitación y de una ignorancia que hace pensar muy seriamente en el rumbo de locura que lleva un sector de la generación actual, atenta más a la vanidad del momento que a la emoción sincera del artista. Por eso ha sido afortunada esta exposición que comentamos, que viene, como siempre, por los fueros de la gran belleza española, llena de vida, de gracia, de inteligencia y de... seriedad artística, que es lo que falta precisamente en esas exhibiciones que andan por ahí; con el sello del mal gusto, de la ordinariez y de la impotencia, envenenando a jóvenes incipientes en el arte y embaucando a un público falto de preparación, pero que se da de avisado. Buen favor hace esta exposición de Cruz Herrera a todos esos engendros lamentables que hay colgados en otras salas sin un destello de inteligencia o de capacidad. Estos cuadros de la Sala Cano están vibrando y haciendo vibrar a todos de auténtica emoción, iluminando el ambiente de luz y de alegría, dando normas pedagógicas técnicas seguras, basadas en experiencias y fruto de una capacidad de corazón que no pueden comprender los de la acera de enfrente. Cruz Herrera se nos presenta esta vez más sólido, más seguro de su paleta, más rico, más enjudioso de color, matizando las almas con un nuevo sentido, descubriendo espíritus y perfiles morales que aupan hasta muy alto el nombre de este pintor que está honrando a España mundialmente con las pruebas de su talento y de su corazón...
"Arte Español". Tomo III. Madrid,1953

RESENA DEL DIARIO ABC"El número de cuadros que figuran en la exposición se eleva a cuarenta, y en todos ellos se muestra Cruz Herrera muy en camino de la plenitud de su arte. El Sr. Cruz Herrera demuestra talento suficiente para, hacer una obra perfectamente original. Tiene, para conseguirlo, una técnica cálida y briosa y un vigor espiritual que seduce y hace que contemplemos sus cuadros con emoción y ternura".
Madrid, febrero 1921

E. TODA OLIVA"Las figuras de Cruz Herrera cautivan demasiado para que la crítica profundice con escalpelo. Gozan tanto los sentidos contemplándolas, que el espíritu se desvanece, dejándose mecer por las musicalidades y perfumes exóticos, a merced de una nueva lámpara de Aladino. Son adolescentes de tez cobriza o aceitunada, sangre a flor de piel, risa como gumía de plata rasgando silencios -"Músicos árabes" - , o mujeres palpitantes de velados desvelos -"Fiesta mora" - , o simplemente un brazo mórbido, una mano trayendo, una mirada ensillando corceles del deseo... Y, siempre exaltación de vida, triunfo del colorismo.ç La técnica de Cruz Herrera se reviste de policromías, derrochándose en sedas y brocados, brillantes joyas, frutas sensuales, con una asombrosa facilidad. El pincel es amplio, suelta la trabazón, efectista el toque. Pero, en ocasiones, agudizándose, descorteza la piel y hace surgir la esencia diferencial de una raza tras unas pupilas -Cruz Herrera o el mago de los ojos - , o entre unas barbas proféticas, como en sus magistrales "Judíos", donde la mayor sobriedad de paleta y la penetración étnica se complementan para darnos una de sus producciones más logradas. Músicos, esclavos, judíos, todos los tipos de Cruz Herrera -Primera Medalla de la Exposición por su "Esclavo moro'' - hacen que al abandonar la contemplación de sus obras nos parezca salir, más que de un mundo africano, de un fantástico apólogo oriental, con las retinas enchidas de pedrerías y de gracia".
"Cuadernos de Estudios Africanos" (Madrid-Primer trimestre de 1950)

JUAN DE IRIGOYEN"Por breves días despliega sus lienzos ante el público bilbaíno Cruz Herrera, gran artista de la pintura española, juzgado ya por la crítica y titular de altas distinciones en certámenes nacionales. Cruz Herrera, cuya obra conjunta rebasa con mucho la importancia que pudiéramos otorgarle al expositor que se nos ofrece en Bilbao, es de los pintores curados ya de snobismos y "recetas"; que ve certero y construye seguro, con pleno dominio técnico y hasta excesiva facilidad, aún en aquellos motivos buscados como planteamiento y de resolución de dificultades. La sugestión de ambiente bebido en tierras marroquíes caracteriza esta exposición por el número de obras y asuntos de este tipo. Suaves modelados de las caras de pilluelos, -logrados con tonos calientes de toda la gama del ocre; efectos de amasamientos de color alcanzados con técnica de planos; cromatismos ricos y suntuosos en ropas y estofas, resueltos con facilidad y sin amontonamientos de materia, denuncian la gran soltura y destreza de la mano del artista. Fuera de estos motivos, Cruz Herrera ofrece a la contemplación del visitante temas "occidentales", de factura amable y gran sentido decorativo, como la "Desdémonas"; y como los apuntes de Amberes, París, y el muy trabajado de "La Torera", entonado suavemente y con simpática sugestión de carácter. Las escenas de las juderías y sinagogas y los tipos de "La Familia del Rabino", "En la Sinagoga" y "Rabino", solicitan fuertemente al artista, que las trata con gracia extraordinaria, logrando los aciertos más destacados con alguna de estas composiciones, cuidadas prolijamente y resueltas con riquezas cromáticas brillantes, que acreditan una paleta. Cinco grandes retratos completan el lote de cuadros expuestos por Cruz Herrera. Y de entre ellos, destacamos el de Pilar Primo de Rivera, en el que se ha captado la fisonomía grave, sencilla y serena de la ilustre Delegada Nacional de la Sección Femenina de Falange Española Tradicionalista y de la JONS.
Bilbao, abril de 1946

REY-THULE"Cruz Herrera es un buen pintor de retratos; sus modelos adquieren, merced a sus pinceles, un aire de belleza ingenua que encanta; ninguno de los personajes que él retrata tiene adusto el ceño ni fría la mirada. Sabe mirar tan humanamente los rostros, que, aún cuando rompe el molde de su personalidad y pinta con el impulso espontáneo de la primera expresión, como le ocurre en el cuadro "Celos", lo hace de una manera tal, que el rostro, que debía ser un reflejo de la pasión humana que le impresiona, es un prodigio de pintura, en la dulce placidez con que la mujer pinta su dolor en el turbio empañado de sus ojos de lágrimas. "Amor triunfa", "Contemplación" y en el "Camerino" son otras tantas obras que dicen quién es Cruz Herrera, un joven e inteligente artista, que cosechará muchos laureles en el transcurso de su vida artística. Y ya fuera de personalismo, imparcialmente, con la sinceridad que nos caracteriza, diremos a Cruz Herrera, muy bajito, al oído... pinte asuntos y caras como "El Gildo", y ocupará un puesto de los primeros entre nuestros retratistas más notables".
"El Día", febrero-1921

E. C. KIEL"Vemos también en este artista un sano sentido decorativo, especialmente en lo que respecta a la armonía del color y a la valoración de las tonalidades. Tal vez sea este el aspecto pictórico que más se amolda a su temperamento. El cuadro ''La romería'" es un indicio de ello. Quien pinta la cabeza titulada "Celos", de factura amplia y fácil, llena de expresión y de verdad, puede hacer, y hará seguramente, grandes cosas".
"El Liberal", febrero 1921

JULIO TRENAS"Cruz Herrera es un pintor joven de espíritu, joven de materia plástica, joven en los temas y la ilusión y, sin embargo, hace más de seis lustros que conquistó su Primera Medalla. Ni antes ni después de ella le abandonaron las inquietudes. Por eso, después de conocer la luz castellana y la de las ciudades de Europa, se adentró en lo africano para apresar el secreto centelleante y luminoso del mundo árabe, traduciendo en emoción plástica su misteriosa, legendaria belleza. Es Cruz Herrera uno de los pocos plásticos españoles decididamente interesados en lo africano. Quizá el único parangón en la curiosidad que pueda oponérsele sea el de Mariano Fortuny...".
Diario "Pueblo", marzo 1957

TRISTAN YUSTE''El pintor José Cruz Herrera expone en el Salón Cano una colección de sus magníficos lienzos. Y no digo una colección más, pues aunque en ellos su arte maestro se expresa en iguales términos que en sus últimas Exposiciones, en esta postrera y actualísima trae una palpitación de la España sensual del Mediodía, distanciándose un poco (ya diremos por qué sólo un poco) de la temática moruna, con la que el pasado año obtuvo tan señalados y merecidísimos galardones. Cruz Herrera es un pintor sensual, abierto al regodeo de las cosas objetivas del mundo, expuesto a todas sus sensaciones y muy impresionable por ellos. Su arte, pues, ha de atenerse a su tipo psicológico, extrovertido a lo Young, como hombre honradamente optimista, enamorado de las cosas bellas y nobles, Igual que en otras Exposiciones, nos hizo comprender gráficamente todo lo que tiene de andaluz el Marruecos hispano-francés; en ésta pretende demostrarnos que la Andalucía suya y mía, la oriental y occidental (Cádiz y Granada, Córdoba y Málaga, Huelva y Almería, Sevilla y Jaén) conservan en sus pueblos, puros ejemplares de lo que se ha dado en llamar raza moruna. Por eso decía que en este aspecto, las Exposiciones anteriores y esta última divergían en muy poco. Pues en ambas hay que considerar a un mismo pintor, a una técnica unánime, a una psicología estética mantenida por el genio del temperamento, a un tema racial idéntico. La misma cara, el mismo cuerpo, los mismos apellidos. Sólo distinto el hábito, la religión. ¡Cuán diferentes son las cordobesas de Romero de Torres, literarias, lánguidas, consumidas, a estas otras muchachuelas de Andalucía la baja, las de los Puertos, pletórica de sangre, de ímpetus mágicos, avasalladores e instintivos, en los que una vida fuerte y alegre se desborda por las mejillas, por los ojos, por los ademanes! ¡Qué poco novelesco y qué sensorial y naturalista es Cruz Herrera! Si Zubiaurre es el pintor de la raza vasca, Cruz Herrera es el pintor de ese pueblo que habita entre Sierra Nevada y el Atlas. No obstante, todos sabemos que hay vascos que no tienen nada de común con los tipos de Zubiaurre, y los andaluces sabemos que hay otros personajes en nuestra tierra distintos a los que pinta Cruz Herrera. Pero éstos se hace típicos por obra y gracia de su temperamento y de sus pinceles".
Diario "Pueblo", 21 febrero 1951 "De Cruz Herrera es ya famosa su intensa preocupación africanista. Ingenitamente para este pintor está sólo distante de su corazón y de sus sentidos catorce kilómetros: las ocho millas escasas con que el Estrecho de Gibraltar separa su nativa, La Línea de la Concepción, de la tierra de la morería. Mas el Estrecho aquí, en vez de separar, une, y, como un vaso nutritivo y salino alimenta de ilusiones, leyendas y biológicas añoranzas. Sin embargo, Cruz Herrera, pintor cordial, extrovertido y ciclotímico, no se contenta con observar la costa africana con un catalejo desde las alturas de Tarifa para captarla luego como una visión lejana e impenetrable. Cruz Herrera desea ver y creer. Ha de comprender en el sentido diltheyano antes de pintar. Ha de compenetrarse con lo que pinta. Ha de establecer una íntima relación de simpatía con su modelo. Y de esta estrecha y vehemente comunión sale su obra de arte, que, si bien puede sorprender en uno u otro aspecto al extraño, siempre le dejará convencido de su autenticidad, de su belleza, de su encanto. Y Cruz Herrera logra este triple éxito porque sabe plasmar en sus lienzos ("Músicos árabes", "Esclavo moro", "Judíos") las características raciales de todas las estirpes de la morería con una combinada precisión de artista magistral y de científico versado en la árida disciplina de la antropología, que aquí deja de ser árida gracias al pintoresquismo alegre con que el pintor sabe ambientar el maravilloso vigor fisiognómico, racial y constitucionalista de sus biotipos africanos. A este pintor se le puede conceder el mismo sobrenombre que a Escipión y llamarle Cruz Herrera, el Africano".
Diario "Pueblo", 11 febrero 1950

ENRIQUE VAQUER"En el retrato, es Cruz Herrera un perfecto definidor de ese alto misterioso, que no es precisamente el "parecido físico'', o sea, el calco exacto de la línea y el color, sino ese otro parecido íntimo, que no todos los artistas saben ir a encontrar debajo de la envoltura corpórea. En esta pintura magistral se aparta Cruz Herrera de su tendencia preferida: la alegría y el sensualismo colorista. Entre los retratos sobresale el de un señor anciano, que puede compararse con las mejores pinturas de este género de todos los tiempos, y el de la esposa de éste, magnífico de expresión y calidades. Estas son desdeñadas por muchos pintores, escultores y grabadores, a pesar de su enorme importancia. El pincel puede esmaltar, velar, fundir, poner relieves de pasta; el cincel puede dar al duro mármol blanduras aterciopeladas y broncas asperezas; el buril, con su talla brillante en el metal, dará reflejos de sedas, delicadas carnes femeninas y diafanidades de ambiente. Cada cosa debe tratarse a su manera; esto es la calidad, que no conducirá jamás al amaneramiento cuando se siente y domina por un artista como Cruz Herrera".
"La Época". febrero 1921

L. S. DE GOVANTESJosé Cruz Herrera siente esa emoción y es autenticidad. Español por los cuatro costados, es un enamorado de Marruecos y un incansable viajero. Pinta esas mujeres extraordinarias con alma en los ojos y promesas en los labios... En sus cuadros hay belleza y vida. hay color, hay temperamento, técnica, personalidad. Hay arte. Los tipos humanos de la pintura de Cruz Herrera tienen algo especial. Sus paisajes y bodegones poseen también esa nota jugosa y caliente del gran pintor andaluz. En su pueblo natal van a hacerle un museo, que llevará su nombre, y para el cual donará una serie de cuadros. Se lo merece. Humanamente es un hombre de gran calidad. Tiene, pues, color y sabor, y ha llegado a esa cúspide difícil en la que se juntan, como en una bandera, la profesión y el hombre. En este caso, el arte y la persona. Todo unido, ondeando entre cielos y soles, un nombre: Cruz Herrera. (Marzo, 1967)

F. SERRANO ANGUITA"Tiene razón Mariano Tomás cuando dice que los cuadros que José Cruz Herrera exhibe en el salón Cano son de tal belleza, que su luz se nos entra por los ojos y nos invade una oleada de color y de gracia. Son, en efecto, la luz y la gracia de España las características de este pintor excepcional, que cada dos años viene a Madrid con sus obras y nos ofrece estos lienzos maravillosos, para nuestro recreo y nuestro asombro. Sigue Cruz Herrera la línea tradicional de un arte que tiene por maestro y precursor a Velázquez y llega hasta nuestra época, mantenido por el fervor de Zuloaga y de Julio Romero, de Benedito y de Eugenio Hermoso, de Pinazo y de Sotomayor, de López Mezquita y de Morcillo. Trae a las telas la espuma de dos mares, los grises" adustos del Peñón, el cielo azul de África, el verdor ceniciento de las piteras y el tierno y jugoso del trigo y del maíz; los ocres de la vidriada cerámica moruna, el espejear de los cobres, el grana de un fez junto al blanco de los alquiceles; el pálido malva de los velos femeninos y el pardo sucio de las chilabas, y esos labios carnosos y húmedos, esas pupilas entre despiertas y adormecidas, esas carnes de canela y esas femeninas morbideces que tienen como palpitaciones de carne viva y pujante. Siendo tan español, Pepe Cruz es árabe en la indolencia, en el señorío, en la sensualidad de su pintura y en el regodeo voluptuoso con que se entrega a saborear el cante grande, los versos hondos y el vinito bueno. Es un andaluz que ha recorrido Europa y se ha refugiado en la Morería, porque allí ha encontrado esencias y raíces de la Patria. Estas escenas populares marcan un nuevo estilo, un matiz distinto en la pintura de Cruz Herrera. También le atrae el paisaje, con esos contrastes de rudeza y blandura que brindan los panoramas rondeños, y ha querido huir de la repetición de los tipos de mujer buscando la risueña y bulliciosa delicia de "La rubia de la bandeja", que es acaso lo más hermoso de la magnífica exposición. Aquí está, en suma, la personalidad de un pintor que, por encima de todo, rinde culto a la belleza. Quizás sea uno un atrasado y un ignorante, porque prefiere que en toda obra de arte sobresalga lo bello, lo que sirve de regalo a los sentidos. Parece que ahora son otras las tendencias, y que es lo feo, lo monstruoso, lo deforme, lo que se debe exaltar y preferir. No discutamos sobre gustos, y quédense en paz los que votan por el tiznajo y el chafarrinón. A mi me basta con que, de vez en cuando, un sobrio y recoleto salón de exposiciones se engalane y resplandezca con la gracia castiza y la luz española de Pepe Cruz Herrera".
"Madrid", febrero 1.951

LUIS GIL FILLOL"Destaca aquí, en esta misma obra, otra curiosidad artística: el dualismo de la energía y la ternura. La gracia frívola, unida a lo vigorosamente sensual. El trazo rotundo y varonil, junto al modelo blando y acariciador. Así resultan también en maridaje la pintura realista fuerte y la pintura sentimental, parca y profunda. Y eso ya no es exclusivo de este cuadro, sino característica de toda la obra de Cruz Herrera. La rudeza campesina surge suavizada por el encanto ingenuo e instintivo de la poesía. Para darnos esta impresión consoladora, Cruz Herrera necesita menos que ningún otro pintor de su linaje recurrir a los "trucos" decorativos, de los cuales, si no un abuso, hay, por lo menos, algún exceso en los titulados "Oriente", "A los toros", "El ídolo" y "El chiquillo del pájaro". Cuando se pinta con la rara maestría y el ímpetu juvenil de Cruz Herrera, no hace falca el adorno, como las caras verdaderamente hermosas no han de menester tampoco de los retoques de perfumería. El arte de Cruz Herrera tiene en sus elementos esenciales suficiente emoción. Escasos son los artistas que, como él, han sabido sorprender tan fielmente esa parte amable, sana y alegre de la vida, que, sin duda, no es más que el reflejo de su propio espíritu, cuya bondad nos devuelve en la mirada serena, en el gesto dulce, en la sonrisa tenue de todos sus modelos".
"La Tribuna", febrero 1921 "Paso a paso hemos seguido la inquieta ruta estética de Cruz Herrera. En las Exposiciones Nacionales que frecuentaba con asidua persistencia, adivinásele propicio a una evolución ascendente. Hombre de tierra baja, afiliado a los restos de la escuela histórica, seguidor de los artistas españoles que no querían salir del llano plácido, pintaba entonces modestos interiores de iglesias pueblerinas. Sin embargo, el rutilante oro de los altares barrocos, la luz blanda y cromática de los templos familiares, las anécdotas costumbristas de aldea, no parecía ser lo único que interesara a su sensibilidad. Extremadura, en ese aspecto bonachón y tierno que con tanta verdad nos ha descrito Eugenio Hermoso, le había captado en las horas de indecisión. Pero Cruz Herrera no se avenía a la mansa rutina de una pintura amable que ya tenía ilustres y consecuentes paladines. Se liberó pronto de la influencia. En sucesivos certámenes vimos como su espíritu se iba acomodando a las necesidades del nuevo arte, siempre con cierta timidez, muy propia de quien se ha educado en un ambiente artístico de recursos precarios. En la última Nacional dio el salto grande. Apenas quedaba en él la nostalgia de los viejos recuerdos. Una excursión por América, una exposición afortunada en Buenos Aires, el regreso a la tierra amada, el homenaje de La Línea, su pueblo natal, acabaron de inducirte a olvidar del todo los temas caseros y vulgares que tanto le habían alucinado. Se sintió hombre de montaña y empezó a subir por la cuesta abrupta y serpenteante en busca de un horizonte más amplio, más luminoso y más profundo. Por fin, Cruz Herrera conoció de cerca la tierra que había soñado. O, mejor dicho, conoció una tierra que no era la que había soñado leyendo los relatos periodísticos y viendo los apuntes de campaña. Lo que ahora tenía ante los ojos era el Marruecos, más allá de la línea de fuego, donde la civilización había impreso sus huellas sin borrar del todo el carácter y la morfología indígena. Le encontramos en Casablanca, en un hotel de apariencia francesa, cuyas grandes ventanas dan al campo poblado de aduares y caseríos dispersos que aún permanecen, como un grito hostil, al margen de los avances europeos. El paisaje apenas se parece ya al de las descripciones bélicas de Fortuny; pero las moras cubiertas hasta los pómulos siguen conservando en sus ojos bellos, tristes y fatalistas el mismo encanto misterioso e impenetrable de los modelos Flandrin. Tal vez para evocar la tendencia mística del discípulo de Ingres, le haya servido a Cruz Herrera la obstinada inclinación a los humildes templos pueblerinos. En su pintura de hoy existe, en efecto, como una vaga reminiscencia espiritual de aquellos religiosos interiores, limpios y confortables, con su olor a retama y cantueso. Sólo que el pintor de interiores ve ahora la vida al aire libre y ya no es el lugar lo que sojuzga su mirada, sino los tipos agarrados al suelo nativo como vegetación que no podría aclimatarse a otros lugares. En el largo proceso de humanización del Arte hemos aprendido a concebir la tierra, el panorama y el escenario por la fuerza psicológica de los personajes. Una de estas moras de Cruz Herrera es más descriptiva de Marruecos que la más fiel, perfecta y acabada reproducción del paisaje marroquí. Moras libres y esclavas que todas lloran el mismo bien perdido; moros viejos, con espaciosas barbas apostólicas, que ofician en los mitos legendarios, con piadosa devoción de fakires; niños moros de redondas cabezas coronadas de virutas de ébano; y en todos los rostros, en el óvalo gráfil y señorial de la favorita del Harén, como en el afilado y frondoso del santón, como en el tierno y terso del negrito, abiertos en la piel quemada y aceitosa, bajo escarpados arcos ciliares, sombreados por largas y espesas pestañas femeninas, por frágiles párpados de viejo o por el tenue vello infantil, los mismos ojos abstraídos, errantes, llameantes, hondos y enigmáticos de la raza superviviente, cuya fuerza mística perdura a través de todos los contagios, influencias y vicisitudes. Con que Cruz Herrera hubiese acertado a ver, sentir e interpretar esos ojos, tan diferentes y tan iguales, tan únicos y característicos, ya habría dado a su nueva etapa artística un subido interés. Pero, además, el refinamiento de su sensibilidad de psicólogo corre parejas, con el perfeccionamiento de su técnica. Para evolucionar, para mejorarse, para superarse con el propio estímulo de su conciencia estética, no ha precisado acudir a pueriles audacias. Con su mismo espíritu expansivo, franco y afectuoso construye su arte actual y promete edificar el de mañana, ese mañana para otros repetición de hoy y para Cruz Herrera fructífera renovación constante, infatigable, interminable...".
"Estampa", 3 septiembre 1929 COMO PINTA JOSE CRUZ HERRERA De pie ante el caballete, un caballete liviano, que el viento puede mover y que caería al más flojo empujón. De pie ante el caballete liviano, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón cuando no la tiene ocupada en sostener el cigarrillo rubio'; también a su lado izquierdo la mesita que sirve de paleta, con la caja de óleo abierta y sobre ella un tablero con los colores en semicírculo, quizás más de los corrientes de las paletas de mano. Junto a la caja, el pocillo con aguarrás, el pañito para limpiar y los pinceles tumbados. Cruz Herrera coge el pincel por el extremo del asa, y únicamente por la mitad o por la atadura para hacer perfiles o detalles menudos; pocas veces. Jamás le he visto un tiento, ese bastón tan popular en los antiguos estudios, especie de puntero de dómine o gigantesca batuta, rematado por una muñequilla de trapo. La longitud del pincel y el brazo partiendo del busto erguido, es la distancia que le separa del lienzo. La mano del pincel, después de tomar dos o tres colores de la paleta sin mezclarlos hasta llegar al cuadro, parece moverse con agilidad; mejor aun con nerviosidad y, en algún instante, con ira y violencia. Parece únicamente; porque la verdad es que el lienzo no se conmueve y el caballete no vacila. Por el contrario, la pincelada es blanda, suave, acariciadora, como patita de gato. Las pinceladas de Cruz Herrera son eso: terribles zarpazos de felinos, con las uñas recogidas. Pero estoy hablando de la acción física de pintar que no es lo que interesa por pertenecer a la disciplina del oficio, cosa, al fin y al cabo, dependiente de la voluntad. La manera de pintar se refiere a otro aspecto, por igual razón que el modo de dirigir una orquesta, nada tiene que ver con la forma de coger y mover la varita, sino con la interpretación y desenvolvimiento de la idea. Cruz Herrera, en ese elevado sentido, pinta con los ojos, con el cerebro y con el corazón. En resumen: con los sentidos y con el pensamiento. Cruz Herrera empasta como cada pincelada exige: con el pincel de pelo de león, con el de crin, con el de tejón, con la espátula de acero, con el cuchillo de limpiar, con los mangos de los pinceles, con las yemas de los dedos, con el mismo borde de la mano, con cualquier cosa que tenga a su alcance susceptible de proporcionar el efecto previsto... Pero lo esencial en su pintura es la cabeza: la función que en servicio del arte desarrolla el cerebro. Puedo afirmar, aunque parezca paradógico, que cuando más pinta Cruz Herrera es precisamente cuando no pinta. Ese momento en que el pintor hace como que descansa, con el brazo caído y el pincel flaccido en la mano colgante, los ojos fijos en el modelo o entretenido en una conversación ajena al motivo de la pintura, o cuando enciende calmosamente un cigarrillo, o cuando finge con toda morosidad y sorna enjuagar la brocha en aguarrás, es cuando el cuadro se está resolvíendo. José Cruz Herrera pinta con los ojos y con la inteligencia. Pintura es interpretación, antes que ejecución; sentimiento antes que perfección; inspiración antes que ciencia... Inspiración, sentimiento e interpretación, son servicios que el cerebro suministra, aunque el pincel, el dedo o la espátula contribuyan después a hacerlo graciosamente plástico. Por coincidir en Cruz Herrera las dos funciones; pensar y ejecutar, su pintura es optimista, alegre, clara, sin dolor, lágrimas ni lutos, como retoño de, feliz alumbramiento.